Después del último silbatazo

Durante varias horas, México pareció detenerse. Las calles se vaciaron, las pantallas concentraron todas las miradas y millones de personas compartieron la esperanza de avanzar en el Mundial. La derrota por 3-2 ante Inglaterra terminó con la ilusión y dejó una sensación de silencio colectivo, como si el país entero hubiera recibido el mismo golpe.

El futbol consiguió lo que pocas cosas logran en México: unir por un momento a personas separadas por la política, la economía, la geografía y las diferencias sociales. Sin embargo, cuando terminó el partido, la realidad continuaba exactamente donde la habíamos dejado.

La eliminación no detuvo la inseguridad, no redujo el precio de los alimentos ni resolvió las deudas de las familias. Tampoco suspendió las preguntas incómodas que rodean al poder. México apagó las pantallas, guardó las banderas y regresó a un escenario nacional que exige algo más que discursos de ánimo.

Ahí permanece el caso de Ismael “El Mayo” Zambada, convertido nuevamente en un asunto de soberanía. El gobierno mexicano investiga si autoridades estadounidenses intervinieron en su traslado clandestino desde territorio nacional y si se proporcionó información falsa sobre la operación. La discusión ya no se limita al destino judicial de un jefe del narcotráfico: toca la capacidad del Estado mexicano para saber qué sucede dentro de sus propias fronteras y defenderlas frente a su principal socio.

También continúa el problema de Pemex, una empresa presentada durante décadas como símbolo de soberanía, pero sostenida cada vez con mayores esfuerzos públicos. Al cierre del primer trimestre de 2026 reportó una pérdida neta de 46 mil millones de pesos y una deuda financiera de 79 mil millones de dólares. La deuda bajó, pero la fragilidad permanece y el costo termina vinculado con las finanzas de todo el país.

La derrota ante Inglaterra dolió porque México creyó que esta vez podía llegar más lejos. Pero también mostró nuestra facilidad para depositar en once jugadores las esperanzas que las instituciones no han sabido construir.

El futbol ofrece una explicación sencilla: se gana o se pierde. La política no concede esa claridad. Sus derrotas se acumulan lentamente, se ocultan entre declaraciones y casi nunca tienen un último silbatazo.

México quedó fuera del Mundial, pero el país no puede quedar fuera de sus propias decisiones. La tristeza deportiva pasará. Los problemas nacionales seguirán ahí, esperando una sociedad que los mire con la misma intensidad con la que observa un partido decisivo.